Antes de que mi divorcio fuera un echo – y teniendo sospechas sobre la existencia de otra mujer-, me empeñe en reconquistar a mi marido. Esta situación me convirtió en una mujer al borde de la histeria, pues los celos y las dudas me carcomían. Y cuantas mas evidencias tenia de la infidelidad de mi marido, más me obsesionaba con no perderlo. Así que el se convirtió en mi prioridad. Tanto que incluso, relegue a mis hijos a un segundo plano, sin ser consciente de las consecuencias que este echo podría tener.
Convertí mi vida en una “carretera maratoniana” que no me llevo a ningún lugar ni posición deseada; pero si a una gran desesperación y frustración. Mi divorcio fue tan inevitable como la rebeldía que, como respuesta a mi “abandono”, mis hijos demostraron. Otra consecuencia de esa etapa fue la perdida de mi trabajo.
Así que, cuando más pérdida estaba, alguien me hablo de “amma”, la santa de los abrazos, como se conoce en el mundo a MataAnritanandamayi. Era tal mi deseo de recuperar mi vida que ni me importo viajar hasta Estella –el pueblo navarro a donde acudía en sus primeras visitas- con tal de resolver mis problemas.
Estaba tan ansiosa e impaciente por recibir el abrazo de Amma que la espera se me hizo eterna.
Pero, cuando esto ocurrió, nuevamente, la frustración se apodero de mí: había esperado tantas cosas de ese abrazo; había deseado tanto sentir los beneficios de este que, cuando comprobé que no había sentido nada, me hundí. Fue como si hubiera perdido mi última oportunidad y todo careciera ya de sentido. Al regresar caí en una depresión; en la que “toque fondo” el día que pensé en quitarme la vida. Estaba apunto de tomarme toda la caja de ansiolíticos cuando mi hijo Daniel me sorprendió; y dándose cuenta de lo que iba hacer, se abalanzo sobre mi y, abrazándome con todas sus fuerzas me dijo: “mama, perdóname; te quiero juro que voy a cambiar. Te quiero y te necesito mas que a nadie”. En ese instante, mientras el abrazo y las palabras de mi hijo me disuadían de mi estupidez, devolviéndome el sentido de lo que debía ser mi vida, que no era otro que ocuparme de ellos con amor y experimentar ese intercambio amoroso mutuo, recordé el abrazo de amma: en ese momento, este cobro todo su valor y significado. El “milagro” que tanto había esperado en aquel abrazo se había obrado en este. Nada ocurrió cuando yo tenía mis expectativas puestas; pero si supe ver la conexión sutil que hubo entre el abrazo de amma y el de mi hijo Daniel. A veces, dios escribe recto en renglones torcidos. “Gracias amma por abrazarnos y darnos tu inmenso amor cada vez que nos visitas” tus abrazos me dan fuerza e inspiran mi vida.