Quizás a veces pensemos que para poder llegar a tener el carné de conducir deberíamos ser, por lo menos, el famoso agente del FMI (Fuerza Misión Imposible) Ethan Hunt.

Lo cierto es que no vamos mal encaminados si encontramos la primera dificultad en el primer paso que damos que sería el de encontrar la autoescuela “ideal” la cual debería cumplir tres requisitos: buena, cercana y barata; cosa que por norma general es Imposible que se den los tres casos a la vez.

Pero bueno pensemos, porque no, que hemos tenido suerte y la hemos encontrado; nos inscribimos en ella, y nos vamos contentos a casa con nuestra matrícula en mano y el juego de libros del “manual del buen conductor”; todo ello dentro de una carpeta, que nos regalan (previo pago de la matrícula), que por lo general suele ser igual de hortera que el logotipo, los rótulos de la entrada y el coche de la autoescuela.

Vamos al día siguiente a la primera clase teórica, ilusionados con ganas de aprender, preguntar por todo aquello que pensamos que no es de lógica. Esta ilusión nos dura, al más aplicado unos 5 días, los justos en los que has intentado absorber tantas normas, información, señales y códigos que acabamos colapsados y nerviosos ya que en vez de ir disminuyendo los fallos en los test parece que incrementan. Pero da igual, un día decidimos que estamos listos y nos lanzamos a presentarnos al examen.

Llega el día del examen y puntualmente estas en la autoescuela donde vendrá un “magnifico” autobús (de la propia autoescuela) para trasladarte a Jefatura para hacer el examen. El caso es que estás tranquila, relajada (o al menos aparentemente) ya que tienes a 4 compañeros histéricos alrededor, y en eso aparece una cascarria de autobús, hortera donde los haya, en el que te subes y comienzas a rezar pues entre el tráfico y el estado del bus cualquiera sabe donde llegarás.

Finalmente apruebas “milagrosamente” (como dirán aquellos compañeros que no aprobaron) el examen teórico y ahora te toca esperar una media de 2 meses antes de comenzar con las clases prácticas.

El día que menos te lo esperas, en el momento más inoportuno, cuando no puedes hablar suena el móvil y en la pantalla aparece “AUTOESCUELA”, y en una conversación en la que apenas sales de los monosílabos te anuncia la “simpática“ secretaria que comienzas las clases el próximo lunes.

Ese día llegas puntualmente y una vez abres la puerta del coche oyes una voz que pregunta: ¿sabes conducir?; y a eso tú piensas: claro, si soy la entrenadora oficial de Alonso y vengo aquí a las 3 de la tarde por pasar el rato; pero finalmente contestas: no, no se conducir. Total que te montas de copiloto y te llevan a una zona donde te comentan que te van a enseñar a frenar, para que ni te estrelles, ni se estrellen los demás contigo; cosa que obviamente te parece buena idea. Terminas ese día de la clase y se van sucediendo las demás. Sin darte cuenta prácticamente acabas dominando el coche y la conducción de forma aceptable; al menos no te has estrellado, no te has comido ningún bordillo, moto, peatón, y el coche sigue intacto, hortera, pero intacto.

Pero que pasa, por poner algún ejemplo, cuando vas circulando y ves que en el próximo paso de peatones hay un peatón… que obviamente moderas la velocidad para llegar incluso a frenar (como dice el “manual del buen conductor”). Sin embargo da la casualidad que el peatón te hace señas para que pases pues no tiene intención de cruzar (y en ese momento el amable profesor se encuentra algo despistado viendo no sé el qué), por lo que tú continuas, o al menos pretendes continuar la marcha puesto que de repente se te pierde el pedal del freno y el coche para en seco a lo que le sigue un reproche de: ¿es que no ves que hay una persona ahí? , tú intentas aclarar lo que él se está dando cuenta algo tarde, que esa persona esta esperando algo o alguien, pero bueno el susto y el momento de impotencia ya no te lo quitan.

Y así continuamos las clases, hasta que decides aventurarte al examen práctico. Tienes el día, supuestamente un martes y se va acercando la fecha sin embargo justo el día de antes te dicen que el examen se retrasa al día siguiente, y así un día tras otro hasta que llega el día mágico en el que te comunican que después de una semana de aplazamientos el lunes tienes el examen.

Vas al examen y al ver a tus compañeros te das cuenta que la secreta “misión imposible” que estas llevando acabo va a ser descubierta antes de lo que pensabas, pues hay uno que es demasiado conocido. Después de dos horas de retraso, te examinas y media hora después de estar de incertidumbre, mientras los demás terminan, te dan la mejor noticia que podrías esperar: Misión Conseguida.

Pues bien, tal vez sea cierto que los que no os habéis lanzado aún a esta aventura o estéis comenzando os parezca una “misión imposible” pero más que eso habría que llamarlo “misión de paciencia” pues es lo que realmente hace falta para conseguirlo.

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